Cuentan que de todo lo que hay inicio
hay también un final, que en su paso cíclico y casi estacional, entonces se le
asemeja a un año cronológico, que en todo se presenta un otoño, donde las
fuerzas y obras se secan y caen en su mayoría, para renovarse aún sin ser
justamente las mismas, dando vida nueva entre nuevos parámetros con lo que ayer
se conocía como única realidad alcanzable.
Entonces, aprende uno con el paso del
tiempo, de sus propios límites y recursos, intelectuales, emocionales, aprende
que humanamente está rodeado de ellos y no le sorprende, exceptuando tan solo
el descubrimiento de la carencia de fin en mucho de lo gestado, en que lo que
realmente importa en nuestras vidas es aquello que se forja en lo eterno, de la
memoria de la historia, de la historia de nuestra memoria.
Rumores de almas mencionan que no se
puede borrar lo aprendido, ni ignorar lo descubierto, a lo que solo sé que a
pesar de ciertos sucesos e incluso falencias de funcionamiento orgánico, se
pueda perder en espacios total o parcialmente toda noción de recuerdo, los
sentimientos de esos sucesos terriblemente olvidados... viven aún, laten
vagamente y destruyen tratando de encontrar su hogar en aquel recuerdo que
tímidamente se levanta sin fuerzas de donde afirmar.

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