Quizás uno de los errores humanos más
emblemáticos y omnipresentes sea el constante exigir como justicia absoluta, la
vivencia de determinadas condiciones y/o situaciones que jamás se han
presentado en su vida, y a su vez debe ser el derecho más natural e inherente
que podamos mencionar. Crear verdades en torno a un deseo, para luego creerlas,
sin saber exactamente cuándo cesará este ir y venir de realidades e
irrealidades hirientes en su evidencia tanto como en su engañosa naturaleza, si
bien es natural el deseo de ser feliz, es parte de las almas y mentes más
íntegras y acrecentadas desear por sobre todo la paz interior y el estado de
conciencia pura, aquel que susurra que no importa cuan mal esté todo, nuestras
manos no serán responsable de acto alguno de maldad..
La ira retenida suele ser tal y como
la angustia y el pesar, susceptible a una expresión desenfrenada tras la
sucesión de hechos ciertamente lejanos al origen mismo del sentimiento, puesto
que todos tenemos un límite, y la tolerancia humana depende mucho del grado de
alegría que seamos capaces de percibir, recibir y entregar.
A todos estos respectos es preferible,
a lo menos en mi persona, la ausencia presencial parcial o completa mientras
sienta que mis facultades mentales están tan alteradas como mi estabilidad
anímica; puesto que ciertas determinaciones y acciones que en ciertos momentos
puedo considerar válidas y aceptables, posiblemente sean un acto injustificable
a la objetividad o bien la percepción de un tercero, y mientras entienda que
puedo equivocarme gravemente, me alejaré en lo que mis recursos posibiliten.
Al menos tengo ahora las ideas
bastante pulidas y aclaradas sobre muchísimos aspectos de mi vida y persona, y
vuelvo a sentirme incapaz de hacerle daño a quienes quiero.

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