Fue entonces cuando mi mente comenzó a
viajar, abrazando a los amigos de la ínfima infancia, a los que son mis amigos
hoy, a los que eran, incluso a los que me abandonaron. Llovía de un instante a
otro de forma intensa, y descansé mis pensamientos alguien en particular, e inmediatamente me pregunté si quizás, entre
algún pasaje de sus días, me recordaba.
La lluvia que caía copiosamente era
causal de reclamo en muchas personas, mientras me di cuenta que, después de
demasiado tiempo, pensaba en la lluvia más allá de si me mojaría los pies y
agravaría mi gripe, me di cuenta que había perdido muchas cosas hermosas, que
extrañaba parte de mi alma que, literalmente, se había quedado aferrada a otro
ser. Gran grupo de gente comenzó a lamentar el comportamiento climático,
mientras que yo pensaba en la infinidad de gotas que caían, en que alguna, en
algún lugar, estaba siendo realmente hermosa, y quise creer que mis
pensamientos y tristezas así también lo eran, que no nacían de nada deleznable
y por ende, en algún lugar, cada uno de ellos, era hermoso.
Quise creer otra vez en muchas cosas
que a veces no puedo, busqué un abrazo que me importara, un saludo que me
alegrase de verdad. De una u otra forma, seguía buscando a aquella persona en cada
una de las esquinas de mis caminos, cada día con menos esperanza de
encontrarle, ¿Un sentimiento puede llegar a ser inútil, cuando entrega
solamente ausencia, distancia y extenuación del tiempo?, me respondí que no, y
que… definitivamente, era demasiado triste que las cosas se quedaran “así para
siempre”. Razoné que después de todo… tenía que seguir estudiando.

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