domingo, 5 de febrero de 2012

11-04-2007


Soy padre e hijo del amor, padre en cuanto toda su existencia a trascender en mí persona, nace de cada uno de los latidos de mi corazón, aquello que posibilita la presencia de mi alma aún en este mundo; hijo en cuanto mi nacimiento de lo que ahora soy en esencia, comienza desde la presencia de él mismo en mí; soy privilegiado de su presencia plena en mi ser, y víctima de su dualidad.

Gira todo en mi ser en torno a aquel sentimiento que es cimiento firme suficiente para convertir castillos de arena en mansiones eternas, indelebles, y centros de un vasto reino de logros y vivencias, aquel mismo sentir que en cuando se manifiesta es capaz de destruir montañas y conquistar mundos, y negar las palabras de imposibles...

El amor, ese sentimiento de infinitas manifestaciones, pero presente en escasos seres humanos (o eso al menos en cuanto a la manifestación del mismo en cuestión), de condiciones innatas, que han podido llevarlo, dentro de lo posible, a la comprensión racional humana... y todos los sinos que esto significa.

Condenados por tener la estampa iracunda del genio, por luchar incansablemente contra sí mismos y contra un mundo indiferente, por no entender de nivelación emocional y sin embargo comprender mucho mejor la naturaleza espiritual del hombre, por ser principales gestores de la historia de la historia... en fin, criticados por lograr mucho más que sus cercanos... poseedores de aquella pura y diáfana pasión... maestros romanticistas.

Más cerca de la verdad, al buscarla en los sentimientos, que confunden a la mente, pero que al corazón y alma... y en el reflejo de los buenos ojos... nunca mienten...

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