No se trata de una incoherente manía
por la oscuridad (quienes me “conocen” saben que pienso sobre esas corrientes
de… ¿Pensamiento?). Se trata de la condición nocturna propiamente tal, momento
en que cuanta cercanía posible intenta descansar de la trivialidad y el
mecanismo que ahoga la actual vida, el alma tiene tiempo de pensar en sí misma,
el ser de conocerse… y luego en ese limbo de sueño y conciencia la sensibilidad
nos hace alcanzar respuestas que sólo en el subconsciente nos ayudan a seguir
adelante.
Y es que sobre la noche, la extremada
bipolaridad de su naturaleza hace de ciertos seres verdaderas bestias buscando
borrar su memoria en banalidades; mientras que de otros, excelentes almas
guiadas por arrobamientos del intelecto y la sensibilidad.
Época de descanso… entender que el
descanso no es pereza, es el momento apartado en exclusivo para el espíritu
propio y todo lo que le da a este la particular forma que no hace ser quienes
somos, como ejemplo, una excelente lectura, una magnífica desvelada, una única
melodía.
Recuerdo a todo esto, a momento de
escribir, lo hermosa que es la noche en un cielo despejado, las estrellas
hablando, la luna cantando…y en torno a orbitales movimientos generando una
magnífica danza como la realizada por las emociones de un alma buena en el
momento de admiración.
Cielo despejado…naturaleza…sur de mi
país…quizás pueda volver…quizás no. Tantas gentes y recuerdos, nudos de
emociones que me hacen recordar cuando el excelente Bécquer comparó la vida con
una cadena de intercalados eslabones de oro y hierro.
Tantas palabras… ¿Al aire?...espero
que no, espero alguien me recuerde por esto.

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