domingo, 5 de febrero de 2012

25-03-2009



Bajo los techos absolutos de celestial eterno, entre abrazos perdidos de árboles plasmados sobre los granos de la vida, se posan dos aves todas las noches, una y otra y otra vez, se cantan en melodías infinitas, y la una oye a la otra, y ninguna escucha a la otra. 

Melodías que el tiempo cantaba antes de ser, preciosismo que se pierde en el silbido de la brisa, y las hojas se agitan como llama de antorcha infinita, de un lado a otro, tocando la melodía, y el trinar de las avecillas es mutuo, y la una oye a la otra, y ninguna escucha a la otra.

El sol se posa mil veces ante la misma escena, aquellas plumas parecen marchitas, los brazos del frío cansados de extenderse, y ambas criaturas parecen ciegas, causa la candente luz de los años, y aún se posan ya sin saber qué les rodea. A veces vuelan libres sobre el viento, y danzan sin saberlo, la una en torno a la otra, la otra en pos de la una, y nadie les ve, menos ellas, que ignoran por qué es que laten. Y se posan, se arrojan melodías eternamente, acostumbradas a la desesperación que les embarga, y la una oye a la otra, y ninguna escucha a la otra.

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