Bajo los techos absolutos de celestial
eterno, entre abrazos perdidos de árboles plasmados sobre los granos de la
vida, se posan dos aves todas las noches, una y otra y otra vez, se cantan en
melodías infinitas, y la una oye a la otra, y ninguna escucha a la otra.
Melodías que el tiempo cantaba antes
de ser, preciosismo que se pierde en el silbido de la brisa, y las hojas se
agitan como llama de antorcha infinita, de un lado a otro, tocando la melodía,
y el trinar de las avecillas es mutuo, y la una oye a la otra, y ninguna
escucha a la otra.
El sol se posa mil veces ante la misma
escena, aquellas plumas parecen marchitas, los brazos del frío cansados de
extenderse, y ambas criaturas parecen ciegas, causa la candente luz de los
años, y aún se posan ya sin saber qué les rodea. A veces vuelan libres sobre el
viento, y danzan sin saberlo, la una en torno a la otra, la otra en pos de la
una, y nadie les ve, menos ellas, que ignoran por qué es que laten. Y se posan,
se arrojan melodías eternamente, acostumbradas a la desesperación que les
embarga, y la una oye a la otra, y ninguna escucha a la otra.

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