Tan orgánicos como temporales, habitamos en este entorno de presentes, pasados y futuros, y el paso de los días nos hace también pasar de nosotros mismos, de lo que pensamos, lo que creemos y finalmente lo que sentimos, hay un leve adiós a ello en cada anochecer.
Ese temor a despertar habiendo perdido algo termina dejándonos noches sin dormir, y fatigas que se acumulan debajo de nuestra mirada, y de nuestras sonrisas.
Esa leve sensación de pérdida no cesa jamás, porque la vida la trae consigo por el mero hecho de existir, y sus ganancias son de hecho un intercambio justo y de compensación, en el que desarrollamos el hábito del agradecimiento al descubrir elementos nuestros en esta vida.
A veces, este largo pasillo resuena silencioso y frío, con un brillo incómodo en cada tañer de nuestros pasos, a veces, también suena a melodías, paz y calidez, y tal vez solo basta con ubicarnos del lado correcto del tiempo.
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