Dentro de su memoria no existía
nada más que la imagen límpida de esos ojos y esa mirada completamente
inocente, pura, y a la vez conocedora de haber causado un daño que
probablemente no podría reparar, esa imagen, que se parecía mucho a la imagen
del amor consciente, consciente en cuanto a lo que sentía y en cuanto a lo que
producía en el otro, se convirtió en una especie de templo mental en el cual
podía ir a descansar toda vez que el agotamiento de la vida real pareciera más
fuerte que él.
Era como si esa versión joven e
ilusa de su propia persona hubiese permanecido en el tiempo, como un mensajero
que traía ese recuerdo para conservar la esperanza de aquello que había llegado
a amar en este mundo, encapsulado en un momento sutil en el cual, por vez primera
en toda una vida, había descubierto que podía acertar en entenderse, en
entender al otro, en leer una relación y en esperar lo mejor aún preparándose
para lo peor.
Esta imagen, el silencio de esa
mirada y el brillo de esos ojos tomaron una connotación tan sagrada en su
memoria, que comenzó a tener cada vez más terror frente al paso del tiempo, y
no lo hacía por el miedo a perder ese recuerdo (lo que era imposible) ni a
alejarse demasiado de ese momento (eso había sucedió ya hacía mucho) sino que
le temía al acercamiento de la muerte y la desaparición de sus memorias en
este mundo, si moría, probablemente ese recuerdo habría de irse con él y luego
de eso, toda la belleza con la que había comprendido el mundo dejaría de ser.
En cierta manera, para su consciencia,
estaría abandonando un mundo que dejaría de ser junto con él.
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