miércoles, 3 de junio de 2020

Fuego y otoño


¿Qué es realmente sorprenderse? Nunca me lo había preguntado, pero lo entendí de golpe al darme cuenta de que en este mundo había una mujer, una que parecía algo completamente nuevo para mí, parecía que fuese la primera vez que conocía a una persona que viviera en mi mundo, por lo menos eso llegué a sentir. Ella fue esa parte de mí que había perdido en algún momento, y conocerla fue como reencontrar lo que había extrañado durante toda mi vida.

Cuando la vi, yo ya había vivido lo suficiente como para saber que las personas se hieren continuamente unas a otras, y por tanto, validaba mis dudas completamente, pero a su vez, descubrí que vivir sin ser capaz de confiar en nadie era equivalente a negarse a sentir amor por alguien más, es tan fácil herir y ser herido, que por lo mismo no podía lastimar a alguien cargándole culpa de mis dolores de la juventud.

Hasta ese entonces, distinguía a dos clases de personas, las que sonríen porque se sienten felices y las que sonríen para hacer ver a los demás que son felices, pero cada vez que me encontraba con ella sentía que sonreía para hacerme feliz justamente a mí, y para cuando me analicé, estaba haciendo lo mismo por ella, y entonces, apenas sin darme cuenta, estaba asumiendo que éramos felices si estábamos juntos.

Existen cosas cuya belleza radica en el simple hecho de no poder poseerlas, o mejor dicho, su belleza es justamente el hecho de no ser alcanzables, a su vez, existen cosas cuya belleza radica en su capacidad de acompañarnos permanentemente… ella era una compañía segura pero que no podría alcanzar de forma permanente, oscilaba entre dos tipos de belleza que no podían coexistir, como nosotros el uno al lado del otro.

Tengo la certeza de que no podía ser de otra forma, por eso lo único en lo que pensé al final fue en descansar, ya no había nada por lo que luchar, ni nada que intentar cambiar, aquel adiós fue lento y equívoco, pero absolutamente sin retorno, sus recuerdos se consumieron como un cigarrillo después del sexo o el último carbón de una fogata... fue un calor absurdo que cerraba algo hecho para morir.

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