Mi padre, en un dejo de tristeza
y resignación que de niño jamás fui incapaz de entender (aunque lo notaba) solía
decir que “La mucha generosidad causa desprecio”, lo decía como cautivo
de su propia naturaleza generosa, y en eso me hice adulto y comencé a
entenderlo, cuando comprendí lo que era realmente la generosidad.
Siempre entendí que la
generosidad era la capacidad de entregar desinteresadamente lo que uno tiene al
otro, compartir lo propio aún si se trata de algo que uno mismo le hace falta.
A medida que descubrí eso,
descubrí también que era normal que al acostumbrar a alguien a entregarle algo tangible,
cualquier bien material, esto dejaba de ser un mérito y se convertía en una
obligación, y pensé que había entendido a mi padre.
Luego, aprendí que la generosidad
era también compartir el propio tiempo, escuchar, aconsejar, acompañar, estar
pendiente, pensar en la otra persona incluso cuando se está solo, preocuparse y
hasta afligirse junto a los pesares de alguien más, cuando noté que al entregar
esto incondicionalmente llegaba a ser poco valioso, pensé que había entendido a
mi padre.
Luego, aprendí que la generosidad
era también entregar lo mejor de uno, la paciencia, el buen humor, la bondad,
los talentos al servicio de la felicidad de otro, el querer compartir lo que
uno hace bien, y lo que a uno lo hace feliz, cuando descubrí que esto dejaba de
ser comprendido como un regalo cuando se hacía con frecuencia, llegué a
entender realmente a mi padre.
Ahora, quisiera llegar hasta ahí,
y no encontrarme con otra verdad igual de dolorosa, ya fue suficiente.
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