lunes, 22 de junio de 2020

La primavera, sus colores y risas



Eran tardes que llegaban algo más rápido que en invierno y a veces tan cálidas como en el propio verano. Aquella primavera me entregaba numerosas preguntas y mucho tiempo para caminar y pensar, y luego me encontraba con ella al lado mío, llena de vida, con una sonrisa permanente, mostrando alegría en cada parte de su rostro y en lo inmediato de su mirada, entonces no existía pesar alguno que pudiese evitar que me riera sin parar.

Siendo imposible saber exactamente lo que había acontecido en su vida apenas cinco minutos antes de verla, no podía dejar de suponer que la alegría con la que le encontraba venía de verme, pues yo me sentía especialmente contento de verla.

Ella se veía mejor que todos incluso en los días más dolorosos, justo ahí donde todos mostraban hastío e incluso desazón, ella chispeaba tanta vida como para saltar a la par mía, ella era lo que yo llamaba compañía, y se fue convirtiendo en lo que llamaría compañera.

Esa primavera, y parte del verano que trajo, se convirtieron en un recuerdo lejano muy parecido a la felicidad, una felicidad desprendida de mi infancia y aún así tan limpia y sincera como lo sería una alegría de mis primeros años, probablemente, porque estaba descubriendo una parte de la vida que apenas sabía que existía.

Viviendo vidas que se empiezan a recorrer distantes y se alejan constantemente, la extraño tanto como para estar dispuesto a deshacer parte del camino andado con tal de verla una vez más o escuchar su risa resonando junto a la mía, pero me imagino que estos pensamientos llegan justamente por saber que eso no es posible.

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