Eran tardes que llegaban algo más
rápido que en invierno y a veces tan cálidas como en el propio verano. Aquella
primavera me entregaba numerosas preguntas y mucho tiempo para caminar y
pensar, y luego me encontraba con ella al lado mío, llena de vida, con una
sonrisa permanente, mostrando alegría en cada parte de su rostro y en lo
inmediato de su mirada, entonces no existía
pesar alguno que pudiese evitar que me riera sin parar.
Siendo imposible saber
exactamente lo que había acontecido en su vida apenas cinco minutos antes de
verla, no podía dejar de suponer que la alegría con la que le encontraba venía
de verme, pues yo me sentía especialmente contento de verla.
Ella se veía mejor que todos
incluso en los días más dolorosos, justo ahí donde todos mostraban hastío e
incluso desazón, ella chispeaba tanta vida como para saltar a la par mía, ella
era lo que yo llamaba compañía, y se fue convirtiendo en lo que llamaría
compañera.
Esa primavera, y parte del verano
que trajo, se convirtieron en un recuerdo lejano muy parecido a la felicidad,
una felicidad desprendida de mi infancia y aún así tan limpia y sincera como lo
sería una alegría de mis primeros años, probablemente, porque estaba
descubriendo una parte de la vida que apenas sabía que existía.
Viviendo vidas que se empiezan a
recorrer distantes y se alejan constantemente, la extraño tanto como para
estar dispuesto a deshacer parte del camino andado con tal de verla una vez más
o escuchar su risa resonando junto a la mía, pero me imagino que estos
pensamientos llegan justamente por saber que eso no es posible.
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