Aquellos días de verano llegaban como un regalo de
la vida, decantando lentamente la existencia de cada quien. Primero, en un
romance tímido, el frío del atardecer de invierno daba paso al abrigo suave de
la primavera, y luego, como el amor consumado, la calidez del verano rodeaba
nuestros días entre el silencio de las tardes, el ondear incesante de un río y
la sombra amable de los árboles que parecían agacharse a saludarme, animados
por el viento.
Aquellos días pasaban entre el correr de un punto a
otro, tumbarse en el pasto o jugar con la regadera, y culminaban en noches tibias
junto a mis amigos gastándose bromas o disfrutando de la felicidad misma de
vivir, que a veces significa encontrar la trascendencia en el no hacer nada.
En memoria de aquella época, cada cierto tiempo
tengo una visión, un viaje mental en el que prácticamente puedo recorrer en
plena libertad cualquiera de los rincones en los que se constituyó mi vida hace
ya más de una década, un escenario que se daba como un milagro en una tierra de
ensueño, las pocas veces que mi padre podía compartir el anochecer conmigo, y
al cual llego simplemente cerrando mis ojos.
Entonces, me siento tranquilamente a
respirar la noche y el olor de la tierra desde algún viejo tronco del patio de aquella
casa, mientras mi padre riega tranquilamente mirando absorto el flujo del agua,
y justo frente a nosotros, como saludando la generosidad de aquel acto luego de
un caluroso día, detrás de árboles que forman la más pacífica oscuridad que se llegue a ver, el alzar de numerosas luciérnagas, en un contraste de luces
danzantes que van de un punto a otro, subiendo y bajando a una velocidad en la
que parecen estáticas, hasta que luego de un tiempo vuelven a esconderse, y yo,
sin saber cuándo volveré a verlas, simplemente me contento de estar vivo y me duermo
como con el alma llena en su justa medida.
“Nunca más volveré a ver aquellas luces”, pensé cuando
mi padre falleció, y creí que era absolutamente cierto cuando fui a despedir
aquel patio y no pude encontrarlas, y la vida desde entonces me fue alejando de
aquel momento y muchas de las emociones que me hacía sentir.
Pero he descubierto que estaba equivocado, ya que
de alguna manera la vida me ha vuelto a presentar aquellas luces pacíficas que
calman mis noches incluso en medio de una ciudad donde pareciera que el ruido y
los focos son el lenguaje común, finalmente, como un regalo de Dios, he vuelto
a ver aquel destello calmo que me hace amar la vida, y esta vez espero que
no se marche nunca.
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