jueves, 2 de mayo de 2019

Sobre luces y el amor



Aquellos días de verano llegaban como un regalo de la vida, decantando lentamente la existencia de cada quien. Primero, en un romance tímido, el frío del atardecer de invierno daba paso al abrigo suave de la primavera, y luego, como el amor consumado, la calidez del verano rodeaba nuestros días entre el silencio de las tardes, el ondear incesante de un río y la sombra amable de los árboles que parecían agacharse a saludarme, animados por el viento.

Aquellos días pasaban entre el correr de un punto a otro, tumbarse en el pasto o jugar con la regadera, y culminaban en noches tibias junto a mis amigos gastándose bromas o disfrutando de la felicidad misma de vivir, que a veces significa encontrar la trascendencia en el no hacer nada.

En memoria de aquella época, cada cierto tiempo tengo una visión, un viaje mental en el que prácticamente puedo recorrer en plena libertad cualquiera de los rincones en los que se constituyó mi vida hace ya más de una década, un escenario que se daba como un milagro en una tierra de ensueño, las pocas veces que mi padre podía compartir el anochecer conmigo, y al cual llego simplemente cerrando mis ojos.

Entonces, me siento tranquilamente a respirar la noche y el olor de la tierra desde algún viejo tronco del patio de aquella casa, mientras mi padre riega tranquilamente mirando absorto el flujo del agua, y justo frente a nosotros, como saludando la generosidad de aquel acto luego de un caluroso día, detrás de árboles que forman la más pacífica oscuridad que se llegue a ver, el alzar de numerosas luciérnagas, en un contraste de luces danzantes que van de un punto a otro, subiendo y bajando a una velocidad en la que parecen estáticas, hasta que luego de un tiempo vuelven a esconderse, y yo, sin saber cuándo volveré a verlas, simplemente me contento de estar vivo y me duermo como con el alma llena en su justa medida.

“Nunca más volveré a ver aquellas luces”, pensé cuando mi padre falleció, y creí que era absolutamente cierto cuando fui a despedir aquel patio y no pude encontrarlas, y la vida desde entonces me fue alejando de aquel momento y muchas de las emociones que me hacía sentir.

Pero he descubierto que estaba equivocado, ya que de alguna manera la vida me ha vuelto a presentar aquellas luces pacíficas que calman mis noches incluso en medio de una ciudad donde pareciera que el ruido y los focos son el lenguaje común, finalmente, como un regalo de Dios, he vuelto a ver aquel destello calmo que me hace amar la vida, y esta vez espero que no se marche nunca.

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