Despierto en una habitación
enorme, completamente vacía, helada, y con la luz filtrándose apenas y solo por
la generosidad de las grietas que corrompen las paredes, y pierdo la noción del
paso de los días, pero cada cierto tiempo encuentro lo que parece una
puerta de salida, y escucho a lo lejos una melodía hermosa.
Entonces, me dirijo hacia el
exterior y creo que aquella música proviene desde un punto lejano, pero visible,
rodeado de una estética que no había conocido nunca antes (siempre
creo que es la primera vez que veo algo tan bello), y corro hacia ella,
y a medida que me acerco el camino parece más y más inclinado, hasta que
finalmente llego, casi sin fuerzas, pero la melodía ya no se oye, y no existe
instrumento o alma entonando música alguna, y en cuanto pierdo mi mirada,
decepcionado, noto que me encuentro en la misma habitación de siempre.
Y esto ocurre una y otra vez,
pero tengo la sensación de que cada vez con menos frecuencia, y me estoy acostumbrando,
aunque no quiero, a ver solo a través de algunas grietas hacia los lugares libres por los
que otras personas transitan, y estoy perdiendo, aunque no quiero, el interés de salir de aquella habitación.
Se siente como si la vida fuese una especie de círculo, o una curva que
se cierra en sí misma, y que aquello que pareciera son pronunciadas
sinuosidades y altibajos que deberían demarcar mi camino, mi avance, no son más
que idas y vueltas en torno a grandes giros que me llevan al mismo punto una y
otra vez, de manera que, no importa cuánto suba o baje, siempre termino en el
mismo lugar en el que empecé.
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