Entre esos años, desperté mil y
una veces con un recuerdo, uno más verídico que mi propia existencia, como una
caricia tímida, con la soledad carcomiendo mi alma, hasta el punto de no dejar
nada, de morir esta de inanición, y luego, comenzar a vivir de nuevo, en el
preciso momento que dejé en el camino todas esas mentiras en las que no volveré
a creer.
Durante mucho tiempo, cada
amanecer no fue más que el recuerdo de una melodía, o el paso cauto de una
hoja vívida, en cierta forma, recordaba el aroma de lo amado, y, súbitamente,
la paz de mi felicidad cobraba una forma, una representación en este mundo, en
el cual he permanecido por demasiado tiempo, tanto que ahora incluso aquello es un
recuerdo lejano.

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