Cuando pequeño contemplaba el vaivén de los árboles y sus
hojas vívidas que rodeaban mi casa, con ese canto de suavidad con el que cortan
el aire, que para mí parecía la invocación de toda brisa, aseveraba, entonces,
que los árboles eran en efecto abanicos de completa voluntad que traían el
viento a nuestro mundo.
Luego, con total credulidad, asumiría el modelo termodinámico que pasaba mi
causa a efecto y viceversa, destruyendo mi teoría, ante el descubrimiento y
formulación de numerosos hombres a través de la ciencia.
Hoy día, de golpe, me he vuelto a preguntar cuán equivocado estaba de pequeño,
si acaso mi teoría es errónea, de dónde proviene entonces esa plenitud que
siento cuando el agitar de un árbol cercano coincide con una brisa que me
acaricia, como cuando se reencuentra con un viejo amigo, perdido en el tiempo,
o se relee un mensaje confortable que asegura compañía eterna.

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