lunes, 20 de junio de 2016

Brisa


Cuando pequeño contemplaba el vaivén de los árboles y sus hojas vívidas que rodeaban mi casa, con ese canto de suavidad con el que cortan el aire, que para mí parecía la invocación de toda brisa, aseveraba, entonces, que los árboles eran en efecto abanicos de completa voluntad que traían el viento a nuestro mundo.

Luego, con total credulidad, asumiría el modelo termodinámico que pasaba mi causa a efecto y viceversa, destruyendo mi teoría, ante el descubrimiento y formulación de numerosos hombres a través de la ciencia.

Hoy día, de golpe, me he vuelto a preguntar cuán equivocado estaba de pequeño, si acaso mi teoría es errónea, de dónde proviene entonces esa plenitud que siento cuando el agitar de un árbol cercano coincide con una brisa que me acaricia, como cuando se reencuentra con un viejo amigo, perdido en el tiempo, o se relee un mensaje confortable que asegura compañía eterna.

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