El mundo le parecía hermoso desde esa ventana, que miraba de
reojo mientras empapaba las manos de ella con su cabello, cuando el día era
soleado, entre sus brazos recordaba la felicidad de su infancia y el abrazo de
los árboles, sentía ganas de salir a volar hacia esos puntos y sufría un poco menos
por no hacerlo, a su vez, cuando el día era lluvioso, se admiraba del calor que
ella podía entregarle desde sus caricias, el roce de su piel era en él refresco
al sofoco de sus dolores y calor al frío de su distancia con el mundo.
Su respiración se volvía más lenta, más calma, y su sonrisa más extensa y profunda, cada
vez que pestañeaba lo hacía con mayor lentitud, y finalmente se quedaba
dormido, cuando despertaba, podía mirar fijamente desde la ventana, pues no
había ni brazos acogedores y manos que acariciasen, su habitación estaba vacía,
siempre lo había estado, entonces, lo más bello era creer que en aquel plano
intermedio entre la realidad y el sueño, donde las conciencias se mueven
libremente, ya se habían encontrado tiempo atrás, y que algún día estaría
seguro de estar ante ella, cuando al simple roce de su mano, despertara frente
al infinito de la vida.
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