Creo que todo comenzó el día que volví a ver las estrellas,
aunque siempre las miraba, porque comprendí que vivíamos debajo de ellas,
irrenunciablemente, incluso antes de ser nosotros al conocernos, incluso
después de las distancias que la vida marca…
Vienes a ser, desde el primer
segundo,
como el juego de los arbustos en
sus horas,
y el mar que sopla cuando se
amanece,
el lago y su aroma al anochecer,
profundo.
Y me pareces por la mañana una
flor en rocío,
cuando agachada fijas en algo tus
ojos,
mas te levantas pronto con ellos
al cielo,
y tus ideas viajan a este
mundo, sin despojos.
Pues eres a mí, que siempre dormí
junto a los bosques,
lo más parecido al verde de este
mundo,
puedo cerrar mis ojos entre ti trenzado,
puesto que mis sueños no rehúyen
de tus brazos.
Sí, será tu piel entonces la
tierra muelle,
donde enraizar cada atisbo
natural de mi,
e iremos entonces siempre acompañados,
donde el cielo está en permanente
carmesí.
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