Llegó una vez con sus manos partidas,
que abrigaron lo que se había roto en mí,
fundí en mi pecho sus palmas desgarradas,
que retiró llevándolas sobre sí,
la quise mucho por ese simple gesto,
la amé aún más por el quedarse ahí,
fueron al tiempo sus manos tan hermosas,
que al retirarlas ella arrancó de mí
viejos dolores e infancias olvidadas,
que fui más fuerte aunque nunca más le vi.
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