miércoles, 28 de octubre de 2015

Cinco pasos sobre mi relato

I

Sobre una meseta levemente inclinada, justo antes de los montes que revisten la costa, o justo antes de la costa que reviste el mar, dio finalmente con recuerdos de su infancia, en lo que se podría llamar las ruinas de Frotzenplaz, lugar en el que -según los ancianos- se  podían observar las bocanadas de fuego con las que las ranas dentadas hacían infranqueable aquel lugar, y lugar en el que -según toda persona- Hannllvis mostró cómo su locura sería su instrumento más fuerte de gobierno, emplazando ahí la ciudad paternal del quinto imperio de los hombres claros, ahí, donde por primera vez un hombre mortal pudo ver el mar a pasos de una iglesia, o un mercado plenamente oferente, se observaban ahora cientos de cimientos y nada más que eso, como si una hoja gigante se hubiese arrastrado contra la ciudad, llevando consigo  todo lo que perdiese conexión con el suelo, y, sin embargo, fue ahí mismo donde Izkodar se detuvo para encontrar la calma que anhelaba.

- Aquí vivió Hannllvis –suspiró fríamente- que además de fundador y gobernador de todo esto, fue mi padre, y aquí caminé junto a él una y mil veces, arrastrando los leños que el bosque que nos abriga entregaba justo antes del invierno, pues cuánto amaba valerse de sus propias manos.
Casi como si no le importara la destrucción completa de su ciudad de infancia, o más bien, como si no le sorprendiese, caminó por lo que eran menos que ruinas, como lo que eran más que atisbos lejanos que sólo su corazón ahí forjado lograba enlazar para dar forma a certezas de pertenencia, y cuanto más trabajaba en ello, cuanto más la angustia de su pecho se extendía. Sólo por no ser ambiguos, diremos que mientras más recorrió cada escombro, mientras más observó la anormalidad de todo lo roto y mientras más creció esa sensación de no pertenecer al mundo, menos sorpresa capturó su cabeza, tanto así había sido su viaje para llegar ahí, y la separación profunda de su infancia ante la pérdida de su padre.

II

Si observásemos el plano de la ciudad de Frotzenplaz, de hace unos 100 ciclos1 atrás, veríamos una especie de alameda serpenteante que sube hacia el punto mayor de la ciudad, en cuanto a altura, y en cuanto a cercanía con los montes protectores, ahí, donde se emplazaba el palacio, se emanaba cierta brisa de gloria que llamó a los oídos de Izkodar con suficiente fuerza como para abandonar toda observación y girar la cabeza, tendremos que decir, sin ánimo de cansar, que la otrora alameda ahora sólo era distinguible como un ancho camino, zigzagueante y aun así especialmente transitable gracias a no contener escombros, Izkodar lo siguió llegando al punto alto, donde al poner los pies y reconocer la elasticidad del suelo logró recordar su viejo hogar de primeras aventuras, la entrada al palacio de su padre, y casa gubernamental del Quinto Imperio, levantó la cabeza como recordando mil detalles, se vio corriendo de un punto a otro, sonriendo, esperando a su padre, abrazando a su madre, llamando a sus hermanos o desafiando a sus amigos, y, de golpe, se vio envuelto en una extraña sensación de asombro cuando, por sobre la altura de todo lo cortado, el sillón gubernamental, a veces mal llamado trono, en el que tanta veces vió a su padre entre cavilaciones por el futuro de su gente, por primera vez en años se cuestionó la realidad de lo que veía, y se acercó corriendo ansiosamente para palparlo.

III


Una vez alcanzó el gran sillón, y comprobar que era realmente el de su padre, Izkodar se sentó por sobre uno de los posabrazos (justo donde su madre le prohibía sentarse) y lloró amargas lágrimas por la infancia perdida, que nunca pudo dejar de ver como una derrota de la vida frente a él. 

Ahí, sentado, recordó y redimensionó la presencia de su compañía,  cuando les vio subir tan rápida como respetuosamente hacia donde él estaban, pues sentado allí, había un dejo de grandeza en la inexperticie de su mirada, Izkodar sabía mucho de recorrer el mundo y no ser vencido por sus novedades, pero nada de derrotar sus adversidades desde un solo punto, el arte de gobernar le era completamente desconocido, y sin embargo su ubicación frente a aquel sillón no llamaba sino a creer en el camino demarcado que poseen los grandes hombres, al menos así lo veían sus dos compañeras y su gran amigo, y tendremos que hablar de ellos.

Cuando se ubicaron todos en torno al gran sillón, se sentaron despreocupadamente, disfrutando el silencio tan grande que permitía suponer el golpeteo de las olas contra la gran costa este, justo tras los montes protectores, esa brisa jugó con el pelo de dos bellas mujeres que acompañaban desde hace un tiempo a Izkodar, a una la quería por su gran sonrisa, su fuerte risa y sus pasos decididos, a  la otra la amaba por cada momento que la convertía en mujer, una era Daldieva, la otra era Dhakiala, una le parecía bella como una flor silvestre a campo abierto en mediodía, la otra como un pétalo en rocío cuando amanece, cuando aún esconde misterios que nuestro ojo no ve, ambas eran hermanas descendientes de las familias basales de los hombres claros, y habían aprendido a caminar junto a Izkodar sin juzgarlo, lo que para él era como un prodigio.

Frente a ellas, y a la vez tras sus espaldas, caminaba siempre Zakk, hijo de los hombres nocturnos, que había prometido fidelidad a Izkodar cuando eran apenas unos niños, pero que este último jamás aceptó ver como un menor, sino como un igual, tal era su convicción que le llamaba amigo, y tal era su confianza que le tenía confiada la vida de las dos mujeres cuyas cabelleras la brisa del mar lejano embellecía.

IV

Sin embargo, y contrario a lo que un observador supondría, Izkodar no viajaba por ahí de forma casual, ni en búsqueda de lo que extrañaba, sino en certeza de encontrar eslabones que le llevaran hacia todo lo olvidado, pues aún sin tener ningún momento difuminado en su memoria desde que fuese pequeño, tenía la certeza de que algo fundamental se había escapado de su vida, llegó a esa conclusión luego de recorrer infinitas partes del mismo mundo, tenía ese vacío de no encontrar en ningún rincón conocido lo que le llegaba a faltar.
-Protégelas

Gritó desgarrando su garganta a Zakk, indicando a sus dos compañeras, mientras bajaba a toda carrera hacia la planicie más amplia de los viejos escombros, justamente ahí, y tal vez por haberse detenido, un hacha volante le arrancó el casco (y gracias a eso nada de su cuerpo propio) y acto seguido vio sobre sí caer tres pesados cuerpos que le superaban por más de cinco palmas, mientras intentaba identificar a aquellas beligerantes visitas, y concluir que no parecían hombre de linaje alguno que conociera (pero por nada alguna otra especie), utilizó su brazo más torpe para sostener su cuerpo y no completar la caída, permitiendo un giro de pies que le permitió zafarse de sus enemigos y tomar cierta distancia, pero solamente por la necesidad de romper su inercia para atacar, así, mientras sacaba sus inmaculadas armas, el corvo de Môrth [Brazo izquierdo] y la Espada de su padre se abalanzó contra sus enemigos, mientras su brazo izquierdo rompió el vientre del que había quedado más próximo, su pierna derecha dio contra el cuello del siguiente, y ahí, en posición casi horizontal, exponiendo la guardia de su espalda, fue arremetido por el tercer y libre atacante, hecho que Izkodar esperaba ansiosamente, pues utilizó su aún libre brazo derecho para empinar su espada, de esta forma, al girar, desgarró a el vientre de uno de sus enemigos, clavó mortalmente a otro, y liberó su pierna de la sujeción que el tercero había hecho luego de recibir el golpe, este último, en la pésima decisión de huir, fue aplastado desde su espalda por dos golpes de rodilla y lo último que oyó fue un romper de casco sobre su cabeza. Una vez deshecho de cualquier riesgo, Izkodar observó a un grupo de cuatro atacantes atacando a Zakk, y por consiguiente, amenazando a sus dos compañeras, sinceramente, no tiene caso describir cómo estos extraños hombres conocieron su final, pero el más afortunado conservó sus brazos antes de morir.

V

Izkodar se levantó una vez asestado el último golpe, y tras mirar pasionalmente el bienestar de sus compañeras, bajó guiando por su olfato en búsqueda del origen de aquellos individuos, y llegó entonces hasta un camino para él desconocido que daba a aquellas ruinas, una ruta lateral que se perdía en un baile de arbustos que apenas puede llamarse bosque, y del cual no pudo ver final, más sí un par de ojos fríos que le miraban con miedo y desprecio, como arrojando llamaradas azules, cuyas bocanadas había percibido cuando bajase rápidamente de la colina para liberar de riesgo a su compañía de viaje.

Ahí, en esa ruta, se marcó el punto de inicio de lo que nos convoca, y toda historia consiguiente bebió de su nombre, nunca por lo antes descrito, sino por todo lo acontecido en su correspondiente futuro. 

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