Tal vez a raíz de la complexión de tus muslos, puede ser por el color
de la bufanda que te veía siempre, quizás por la intensidad que alcanzaba tu
voz cuando el aire estaba húmedo, no lo sé, pero realmente amaba el invierno de
esta ciudad, sé que eso significaba algo de tiempo para vernos, el frío que
permitía nuestros abrazos, la reacción corporal de entrar a un lugar cálido,
ese deseo -tan extraño en mí- de dormir de día y que se consumaba si acaso
podía descansar sobre ti.
Sin embargo, el invierno de esta ciudad es realmente oscuro, golpea a
mi carácter y lo aturde, ante ello, también me pregunto si significabas una
especie única de luz para mí, claro está que cuanto más te adentraste en mi
vida, más requerí de este invierno, y más me alejé del verano, hasta incluso
dudar de disfrutarlo, es duro pero creo que tomé un camino lejano a una
felicidad viable.
En esas heladas tardes de lluvia, cuando incluso yo necesitaba de una
bufanda, las caminatas de vuelta a casa eran especialmente frías, te buscaba
entre muchos rincones y en cada claro que pudiese, casi nunca te encontraba y
sentía que me congelaba, y las veces que te vi, ya fuese que nos saludáramos,
quedáramos o nunca me vieras, me dejabas un calor efímero en el fondo del pecho,
solo para acusar el contraste de no verte.
No entiendo cómo llegué a pasar
el día a día y sobrevivirlo, si acaso realmente algún rasgo de mi yo de ese
entonces se conserva, eso tampoco lo sé, a decir verdad, las certezas que me
quedaron de ti las obtuve pronto al conocerte, y de ahí en adelante, dejaste
tantas preguntas en mi mundo, que nunca imaginé que hubiese tantas formas de
preguntar algo para responderse lo mismo, como la infinidad de ángulos que
rodean un punto.

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