Apenas bastándome de un
par de preguntas, o de un par de respuestas, y si estas no se cumplían,
irreflexivamente me dirigía hacia el frío y la distancia más profunda que haya
llegado a conocer, respecto a ella, respecto a todas las personas,
incluyéndome.
En ese entonces tendía
a pensar que la ponderación que solía darle a mis palabras, cuando decidía
usarlas frente a alguien más, era exactamente la misma que habría de darle todo
el mundo cuando se dirigía a mí, entonces las promesas, las negaciones, las ambigüedades,
me parecían de tal peso que podía perder parte de mi vida esperando que se
cumplieran tal y como habían sido dichas.
Yo, de todas maneras,
no habría sido capaz de entender que esas conversaciones eran el inicio de la
configuración de mi soledad, y que con ello había comenzado a saludar a la
adultez, dejando en el camino una visión del mundo que siempre me había hecho
feliz, que mi pesar se trataba de mi estado frente al mundo, y no frente a los
ojos de alguien más.
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