La concepción de la existencia propia, su entendimiento, tiene aquella estructura escalonada que nos acompaña en cada acto que sobrepasa este plano de presencia, desde lo pequeño o lo infinito, sabemos cuando arrancamos pero desconocemos el alcance de nuestra propia mente.
En el firmamento y su observación existe el placer del
arrobamiento por el espectáculo inmediato, por su inmensidad astral, el cielo
nos ofrece la oportunidad de mirarle por las noches para que, en la
visualización de nuestra pequeñez, entendamos que solo somos gigantes frente a
la escala de nuestra propia vida, y de las herramientas que esta nos otorga
para hacerla feliz.
Sin embargo, al escudriñar en los detalles y dimensionar la
existencia misma de las estrellas, nuestro estado de conciencia puede atravesar
los límites del yo, para entonces simplemente estar, tal y como sentimos que
están las estrellas, en ese instante en que el tiempo se relativiza
completamente.
El cielo nocturno es de tal profundidad, infinito, y escapa
tanto a nuestro alcance, que nunca dejaríamos de apuntar lo que nos quiere
decir en cada noche de presencia:
Si se ve al firmamento como un mapa social, se observarán estrellas que se
ubican en aparente cercanía, y otras están a una distancia evidente incluso a
nuestra percepción, y comenzamos a agruparlas, pero en realidad, incluso para
ellas mismas están infinitamente lejos, de hecho la luz de las unas no toca a
la de las otras, y también pasa así con las personas, cuando se considera
cercano a alguien solo porque no está tan lejos como el otro.
La luz que nosotros vemos existió hace mucho y solo estamos viéndola ahora por
su velocidad de propagación y la distancia que nos separa, es un poco
nostálgico pensar en cómo nos maravillamos frente a algo que ya no existe,
incluso el sol que está a nuestro lado tiene 6 segundos de retraso para
alcanzarnos. Y también es con las personas más brillantes que demoramos un
mayor tiempo en entender y luego poder ver su luz, es más, solemos hacer eso
cuando su tiempo inmediato ya cesó.
Y así como el agua propicia y emana la vida desde sí misma, el reflejo de las
estrellas en ella amplía los horizontes de entendimiento de nuestro vivir, es
como si bajo nuestros pies existiese una fuente de energía equiparable a la del
cielo.
Solo podemos ver las estrellas sobre nuestra cabeza primero por nuestra pequeñez, y segundo por necesitar de un piso sólido en el que sostener nuestros pies, para enfrentar la incertidumbre misma que es la vida, pero no debemos olvidar que somos un elemento ínfimo en un mundo que se rodea de estrellas desde todo ángulo.
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