Si uno se enamorase de un lugar y pudiese vivir junto a él para consumar ese sentimiento, recorrería todos los días ese pasillo que desde mi casa me llevaba a reunirme con los amigos de toda mi infancia, por su inmensidad, por el siseo sin vocales de los árboles que le rodeaban, por la frescura que ofrecía en verano y la calidez que ofrecía en invierno, porque desde él, a la izquierda podía ver mi casa y pensar en todos los que amaba y lo feliz que era cuando ahí les reunía, y a la derecha, porque tenía la inmensidad de los árboles que en verano se aliaban con un arroyo para refrescar cualquier tarde, indistinta su naturaleza, y porque cubría desde antes del otoño con un alfombrado de hojas cada rincón, de modo que si acompañaba mi ruta junto a algún compañero o compañera de alma, podíamos compartir la admiración por semejante escenario sin mediar palabras.
Desde ahí surgieron tantos viajes mentales e ideas que definieron mi vida en el modo más feliz, al grado de que cuando me despedí de él –y fundamentalmente de toda una vida de cosas amadas- sentí que había perdido parte de mi ser propio, y en efecto, siento que demoré un tiempo no menor en reconstruir mi corazón y la forma de albergar sentimientos por un lugar.
Ahora, por el don de mi memoria, me he vuelto a ver caminando por ahí, junto al difuminado que alcanza la tarde en esa parte del mundo, y con exactamente la misma sensación de paz profunda que ella me entregaba, reaccioné frente a lo que mi vida ofrece actualmente, y estoy tan profundamente agradecido de todo lo vivido, pero a la vez, tan profundamente contrariado de lo que se me ha marchado, que me siento en la obligación de encontrar la conjugación perfecta de todo lo que he amado, de todas maneras, no veo otra opción para saciar mi carácter.

No hay comentarios:
Publicar un comentario