Mi padre movía con decisión y fuerza la carne,
mi madre ajustaba con abnegación todo lo demás,
yo recorría la casa sintiendo que ayudaba,
y éramos tan felices como nadie más.
Ahí, junto a la mesa amablemente servida,
se hablaba de tanto mientras se comía,
parando todo cuando alguien se reía,
que aún ahora mismo ya agradezco mi vida.
Puedo decir que fui feliz, y que por lo mismo,
extraño esa casa donde estuvimos todos juntos,
la partida de mi padre supuso un abismo,
los viajes de mis hermanos cerraron el conjunto.
De soledades irreparables y abrazos adeudados,
me nutrí un tiempo aislado tras mis cejas,
mis risas y gritos permanecieron enclaustrados,
hasta que yo mismo me sentí tras viejas rejas.
Mas un día vi a mi madre y su paz sempiterna,
que oculta la inquietud que por adultez vislumbro,
y sonreí tan amplio a este cielo tan fecundo,
donde he sembrado recuerdos de voz eterna.
No hay comentarios:
Publicar un comentario