De aquellos días recuerdo: el frío punzante,
la soledad callada, su aparición y sorpresa,
porque cuando ella llegaba a mi lado perdía
el frío y la calma, y ganaba remanso y su
calor.
De aquellas noches tengo el aroma
de su cabello y su voz tan dulce
y la conciencia del adiós sabido
y de su partida siendo inminente.
Entonces finalmente lo hizo, tomar sus cosas
e irse
mientras yo miraba el cielo, como siempre
a la espera de su llegada y el abrazo
inexistente
y me quedé esperándola tal vez hasta hoy
día.
Y además, habiéndose marchado,
llevó consigo recuerdos que yo había
olvidado,
pero que al notar ausentes
volví a traer con tristeza.
De lo que era, de lo que vi, de lo que vimos
y qué no era, las calles vacías
de pronto llenas en la alegría,
y las tardes alegres hacia las noches
vacías.
Y no pude, finalmente, desaprender lo
vivido,
y siendo esto imposible, le extrañé
por su ausencia, que habiéndola dejado,
no me dejó dejar nada sin ella.
Y por eso, incluso luego de decir adiós,
hubo de volver numerosas veces,
al yo vivir aquello que ya había vivido,
pero en la ausencia que llama a sus
recuerdos.
Entonces, volví a anhelar sonriente
esa alegría permanente,
la que fue, la que no ha sido,
y lo que he llegado a pensar.
Pensar en los días que han marchado,
soñar en los que son para esperar,
y los días que pretendo que se dejen
alcanzar,
para alcanzar sus brazos y poder descansar.
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