Soñar con algo sería completamente inútil si no
empujara hacia algo posible, si no nos llevara a buscar lo que podemos
alcanzar, eso diría la lógica, pero, ¿Es acaso posible solo aquello que está
frente a nuestros ojos y posibilidades? Sin entender mucho del cómo se dan las
cosas, no dudo en asegurar que no tenía la mínima intención de recorrer el
camino que recorrí este último año, porque no me parecía que fuese posible
vivir lo que finalmente viví, ni sentir aquello que llegué a sentir, pues
cuando soñé con ello y le di forma en mi mente, lo guardé como un tesoro. Pero
un día al contrastar lo soñado con lo vivido noté que se alcanzaban, de alguna
manera, habiendo deseado algo con tanta fuerza, llegué a tenerlo, quizás
incluso a tocarlo.
La soledad se vive cuando no tenemos con quién
comunicar algo que es importante para nosotros, y se vuelve insoportable cuando
frente a quien desearíamos comunicar algo importante debemos quedarnos callados
y limitarnos, si acaso es posible, a observar. Habiendo vivido esto, el dolor
fue grande, la injusticia evidente y el cansancio impensable, si pienso en esos
días pienso en una pesadilla que pertenecía tanto al mundo de los sueños como
todos mis anhelos, pero que se volvía tan real como para ahogarme.
La felicidad probablemente venga de compartir lo
que a uno le alegra la vida y encontrar respuesta en la otra persona, compartir
lo que hace que nuestro corazón tiemble y encontrar eco en el de alguien más,
al punto que ambos se agiten con violencia, buscando marcar ese momento, la
felicidad podría incluso significar para nosotros el compartir lo que agita
nuestro corazón en la tristeza, pero encontrar respuesta, encontrar un lugar en
el mundo, y que allá, donde alguien te extrañe y desee abrazarte, tengas un
lugar al que llamar hogar.
Entre noches de frío, fogatas improvisadas y el
silencio de una ciudad congelada frente a una situación histórica tengo la noción de haberme refugiado a leer y observar en distancia, como queriendo no
molestar a nadie, como queriendo fingir que no estaba realmente ahí. Pero hubo
veces en que el llamado a mi nombre me despertó del triste letargo de un
aislamiento impuesto, esas noches, que se volvieron frecuentes, fueron parte de
los últimos trazos de felicidad que recuerde, aunque sabía que habrían de
terminar, sigo deseando que vuelvan para siempre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario