martes, 21 de julio de 2020

Frío, anhelos y esperanza


Soñar con algo sería completamente inútil si no empujara hacia algo posible, si no nos llevara a buscar lo que podemos alcanzar, eso diría la lógica, pero, ¿Es acaso posible solo aquello que está frente a nuestros ojos y posibilidades? Sin entender mucho del cómo se dan las cosas, no dudo en asegurar que no tenía la mínima intención de recorrer el camino que recorrí este último año, porque no me parecía que fuese posible vivir lo que finalmente viví, ni sentir aquello que llegué a sentir, pues cuando soñé con ello y le di forma en mi mente, lo guardé como un tesoro. Pero un día al contrastar lo soñado con lo vivido noté que se alcanzaban, de alguna manera, habiendo deseado algo con tanta fuerza, llegué a tenerlo, quizás incluso a tocarlo.

La soledad se vive cuando no tenemos con quién comunicar algo que es importante para nosotros, y se vuelve insoportable cuando frente a quien desearíamos comunicar algo importante debemos quedarnos callados y limitarnos, si acaso es posible, a observar. Habiendo vivido esto, el dolor fue grande, la injusticia evidente y el cansancio impensable, si pienso en esos días pienso en una pesadilla que pertenecía tanto al mundo de los sueños como todos mis anhelos, pero que se volvía tan real como para ahogarme.

La felicidad probablemente venga de compartir lo que a uno le alegra la vida y encontrar respuesta en la otra persona, compartir lo que hace que nuestro corazón tiemble y encontrar eco en el de alguien más, al punto que ambos se agiten con violencia, buscando marcar ese momento, la felicidad podría incluso significar para nosotros el compartir lo que agita nuestro corazón en la tristeza, pero encontrar respuesta, encontrar un lugar en el mundo, y que allá, donde alguien te extrañe y desee abrazarte, tengas un lugar al que llamar hogar.

Entre noches de frío, fogatas improvisadas y el silencio de una ciudad congelada frente a una situación histórica tengo la noción de haberme refugiado a leer y observar en distancia, como queriendo no molestar a nadie, como queriendo fingir que no estaba realmente ahí. Pero hubo veces en que el llamado a mi nombre me despertó del triste letargo de un aislamiento impuesto, esas noches, que se volvieron frecuentes, fueron parte de los últimos trazos de felicidad que recuerde, aunque sabía que habrían de terminar, sigo deseando que vuelvan para siempre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario