La última vez que pude contemplar la noche en
calma, el cielo se me abrió de par en par, como un nuevo y vasto mar, vi en él
sus estrellas, sus mil tonos, sus mil luces, y vi en él también mi reflejo,
ubicado en ese infinito, las viejas pérdidas fueron intrascendentes, pues me
rodearon miles de siluetas danzantes como todo aquel que sonríe, pero más allá
de ello comprendí muy poco, del mismo modo que las estrellas se ignoran unas a otras,
pues forman parte de algo tanto más profundo.
La mayor admiración y el vacío más grande lo he
experimentado al darme cuenta de que no soy capaz siquiera de dimensionar el
alcance de mi ignorancia, la infinidad de la naturaleza es abrumadora, y solo
sé que por el simple hecho de que al cerrar los ojos no pueda alcanzar la
oscuridad absoluta, debo preguntarme si al abrirlos realmente estoy viéndolo todo.
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