En su momento, acudí a mis obligaciones de forma sistemática
sin interesarme en con quién las compartía, y de todas las personas con las que
trataba en la universidad, no había a quien deseara ver fuera de ella, y en
realidad, no existía una sola persona con la que realmente quisiera estar fuera
de mí mismo, y llamé a esos días “Días de las flores ciegas”, porque nada de lo
que nació en esa época, indistinta de su belleza, pudo relacionarse con otra
cosa, todo permaneció aislado y finalmente intrascendente, bástame decir que el
recuerdo de este entonces pasa con mi cabeza en imágenes cuyo tono no supera el
blanco y negro.
Y vino una etapa intermedia, donde sané mi capacidad de
conectarme al mundo, de modo que pude volver a usarla, las sonrisas abundaron y
los tonos coloridos volvieron a mí, mas nunca llegaron a la plenitud que alguna
vez les conocí. Y no existió un solo día en que sintiese la inconsistencia de
esa vida, como algo únicamente transitorio, y nuevamente mi afán de deleznar todo
lo que no trasciende me quitó el sueño.
Entonces, vino el día en el que vi a mis amigos y sentí que
ya no podía aprender nada de ellos, y me pregunté si acaso el amor al
conocimiento ha sido el único motor fidedigno que ha movilizado mi vida, la soledad
volvió a tomarme y todo el aprendizaje de convivencia tuvo que hacerse
efectivo.
Creo que, en cierta forma, vivo saltando en el tiempo de forma impulsiva, no
soporto la linealidad de la existencia y como he entendido que no puedo
disponer de todo al mismo tiempo, emulo el ideal de hacerlo buscando la
inmediatez de tránsito entre los escenarios que me han hecho feliz, en mi cabeza, en
mi soledad y en mi introspección eso se hace real y casi tangible, y la
permanencia excesiva en un solo plano, demanda inevitable al compartir con un
tercero, me agota profundamente, este es el nuevo formato que mi soledad ha
cogido, que no es más que un bordeado notorio de los ámbitos entre los que
siempre ha crecido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario