Cuando recuperé la costumbre de amar lo propio como lo hace un niño
que defiende celosamente lo que le pertenece, creo que fue el momento preciso
en que el me convertí en hombre, ese día en que comprendí que mi amor, mi amistad, mis abrazos, mis
caricias, mis tiempos, mis pensamientos, mis olvidos, mis días, mis noches, mis palabras y mis silencios,
eran por sobre todo algo mío, y no pertenecían a nadie sino que hasta que lo regalaba, haciendo inaceptable que alguien dispusiese de ello de antemano.

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