Fue cerca de estas fechas, luego de pasar algunos días
en la costa y volver a Santiago que mientras andaba por la calle, de un segundo
a otro, en una noche sofocante, sintiéndome solo y sin nada especial para
ocupar mi tiempo, que tuve el deseo impulsivo de volver al sur, en algún
espacio de mi mente mi memoria y mi conciencia habían acordado que ahí podría
sentirme feliz, cerca de parte de mi familia, a un paso de los bosques, de
rutas abiertas para andar en bicicleta, de parques enormes, lagos, la lluvia
siempre presente y la brisa que me traía caricias esperadas desde mi infancia.
En realidad, solo tenía anhelo de aquel tiempo junto a mis amigos de antaño, el sentarme a la sombra de un árbol luego de empaparme en agua en un día de verano, tomar helado con mi padre al bajar la brisa de mediatarde, correr y reír hasta perder el aliento, dormir cuando estaba cansado, y esconderme a los pies del bosque cuando quería estar solo. Tenía el anhelo de recuperar lo que ya no existía.
Pensando en eso, empecé a agotar las instancias que hicieran esto posible, y tracé un camino que finalmente cumplió este deseo, pero entremedio transcurrió un año y medio, y cuando volví lo hice pensando en aislarme y descansar de todo lo que había vivido durante ese tiempo, mi regreso se había convertido en un retorno pasajero más que una decisión permanente, pues ya no pertenecía a ningún lugar en concreto, siendo ya otra persona.
A casi seis meses del día de mi retorno, puedo decir que en estos últimos dos años volví a vivir, experimentando amistades sinceras, en el trabajo detrás de construirlas encontré mucha más calidez en las relaciones humanas de la que había sentido tal vez en toda mi vida, volví a entender el impacto que el amor tiene en nuestras vidas, la conciencia que se alcanza al enamorarse (y también la que se pierde), recordé el dolor del amor no correspondido y aprendí sobre el no materializado, e incluso renuncié a lo que podría haber amado por toda una vida, ya que en esta curiosa cadena de aprendizaje, que jamás es lineal, entendí que aquello que nos hace vivir a veces debe quedarse en el pasado justamente para seguir viviendo, tomar una posición de espectador frente a las propias dificultades no es la mejor forma de consumir los días (que habrán de terminar, como casi todo).
En estos últimos años he tenido días en los que no he parado de reír, y he tenido días en los que no he tenido la voluntad de hacerlo, he tenido días en el que el futuro ha parecido un enemigo y el pasado un amigo, y también justo lo contrario, he dejado de sentirme solo todo el tiempo y he podido desarrollar cada vez más la gratitud, y en ello, en la decisión de marchar incluso de un lugar amado, sin tener certeza absoluta de hacia dónde me lleven mis decisiones, he recordado las palabras de Frodo Bolsón:
No hay comentarios:
Publicar un comentario