Repetidamente los intentos del corazón se perderán ante la falta de un lenguaje que los dirija.
Dos cuerpos se rodean el uno al otro en un ir y venir confuso y no llevan nada hacia ningún lado, como ramales perdidos que se devuelven a sus raíces, y mientras respiramos nos giramos una vez más hacia la desconfianza reforzada, la soledad acentuada y las piernas casi rotas de tanto caminar por respuestas que no existen.
Lo que una vez fue vivido, ahora parece que nunca sucederá, y solo nos quedan los amaneceres mustios, el sol asomando su luz sin calor alguno y el pesar de los ojos que no han logrado cerrarse. Sobre el escritorio recae la tristeza entre textos que no terminan de escribirse, libros que no terminarán de leerse y un teléfono cuyo buzón de entrada notifica mil veces que no existe un solo mensaje realmente importante.
Un desayuno que se vuelve solitario, el deseo sexual que finalmente induce al rechazo, palabras que no se vuelven a decir nunca, miradas que se pierden tanto en el tiempo que parecen parte de un mito, y el paisaje lejano que se quiebra en el horizonte como el concepto del mañana, que pareciera no llegar nunca mientras lentamente nos aleja, hasta que descansamos solo a causa de la distancia del agotamiento del querer.
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