Después de pensarlo mucho, se me hizo hasta difícil
entender por qué llevaba tantos días enfocado en lo que he perdido, sin tener
un mínimo de conciencia sobre aquello que he ganado, sobre las capacidades que
he desarrollado, entre las cuales y por sobre todas las demás encontré la de
valorar las cosas que vivo en el preciso momento, y disfrutarlas en
consecuencia, es algo que tomó mucho tiempo conseguir, y no quisiera dejarlo ir.
A medida que han pasado los días, ha surgido el
anhelo de recuperar o volver a vivir ciertas cosas que en su preciso momento me
hicieron sentir tan feliz y conforme, que podía terminar el día con ganas de
volver a vivirlo sin cambiarle nada.
Extraño salir a caminar por las tardes o noches, subir el
cerro Ñielol, llegar hasta la parte alta del San Cristóbal o visitar algún
parque de Santiago (que a pesar de que nunca me va a encantar, hay partes de
él que me agradan) y recorrer algún parque nacional, pero por sobre todo,
extraño los regresos.
Cuando luego de muchas vueltas regresaba andando o
a través del transporte público hacia mi casa, hacia la calidez de un hogar, la
certeza de comer algo y de encontrar gente querida, sentía una confianza en el
día a día difícil de explicar, y luego, cuando esas salidas dejaron de ser
solitarias, y encontré una compañía infinitamente valiosa, los viajes
reflexivos (y siempre en silencio) se empezaron a intercalar con carcajadas (además de risas que en rigor nunca terminan) y
conversaciones en las que no paraba de hablar.
Todo eso constituye una especie de descubrimiento: Finalmente
encontré la forma de disfrutar el día a día a través de elementos sencillos, lo
suficientemente sencillos como para poder compartirlos, y lo suficientemente
profundos como para no querer olvidarlos.
Quizás, necesitaba poner más atención a mi cuerpo,
sus ganas de estar acompañado, los impulsos de abrazar a alguien y el hecho de
que desde hace un tiempo dejó de estar completamente alerta y a la defensiva, y
volvió a dejar espacio a la confianza, al punto de que podría volver a sentirse
cómodo apoyándose en los brazos o los hombros de alguien más, y con la única
intención de demostrar mi gratitud.
La peor parte de mí quiso creer que puedo
estar aislado para siempre, pero la peor parte de mí jamás ha ganado.
Estos tiempos de aislamiento y soledad me han hecho
viajar por tantas partes de mi mente, pero en todas he encontrado la forma de
perdonar, y sin que fuese magia, en cosa de algunos días tuve la voluntad y de
ser amable incluso con quienes en algún momento olvidaron mi amabilidad,
después de todo, tengo que estar a la altura de lo que espero de mi.
Pero no está solo eso, tengo que también que estar
a la altura de quien es capaz de preguntarme una y otra vez cómo estoy, cómo me
siento y qué estoy dispuesto a hacer si no me siento suficientemente bien, tengo
que atesorar todo lo que he vivido, porque en este mundo hay una bondad por la
que vale la pena luchar, y personas por las que la pena ser parte de esa bondad.
Que fortuna tan grande es tener personas a las que decir adiós sea tan difícil.
No hay comentarios:
Publicar un comentario