Cuando pienso en esos días, tengo la
sensación de que ni aún yo era capaz de dimensionar la profundidad de lo
que estaba viviendo y sintiendo, y de que mis emociones de aquel entonces, a la
cuales quería evaluar a toda costa como fruto de mi juventud y desconocimiento,
terminaron siendo un determinante absoluta de cómo percibiría, evaluaría y
viviría mi mundo y las emociones que este me revelara de ahí en adelante.
No tengo idea de si debería haber
exigido más de mis capacidades para encauzar todo lo que sentía y pensaba en
ese entonces, pero recuerdo que en numerosas ocasiones me sentía envuelto en un
viaje que no recordaba haber empezado, que no sabía dónde se dirigía ni tenía
claro si realmente quería continuarlo, a veces, tenía el deseo de dejarlo todo
y “volver a casa”, pero volver a casa no es una opción que la vida permita en
todo momento, cuando en el fondo sentimos que hacia atrás sólo encontraremos
polvo y cenizas.
En ese entonces, no fui capaz de entender
que el sufrimiento había comenzado a ser algo que comandaba desde mi propia
elección, y que en el momento que aprendiera a soltar lo que no tenía por qué
cargar, tal vez no tendría una casa a la que volver, pero podría dirigirme a
constituir un lugar donde el descanso fuese algo posible y tuviese yo plena
decisión sobre quién se adentraba en ella, constituiría mi propia hogar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario