Todavía recuerdo la primera vez que sentí que
estaba enamorado, y cómo esto se diferenció tanto de sentir que alguien me
gustaba, no lo he olvidado, y a pesar de
ello, nunca había hecho el esfuerzo consciente de pensarlo y recordarlo.
En cierta forma, fue como encontrar que dentro de
tus pertenencias cargas con algo hermoso y de valor incalculable, que estaba
ahí hace tiempo, pero no habías visto claramente, y que, por alguna pausa de la
vida, tuviste tiempo de contemplar hasta entender bien qué era.
Luego, estuvo la época de dimensionarlo y pensar en
transmitirlo, y el sentir que ese esfuerzo sería como arrojar una roca a un
lago para vaciarlo, que no tenía sentido alguno. La realidad era
infinitamente más compleja de lo que había imaginado, y lo enorme de mi
sentimiento, que era suficiente como para aplastarme, tenía un valor nimio frente a
lo que me rodeaba, entonces me encontré tratando de mover montañas con los
propios brazos, y hasta que no me sobre exigí y me resigné a que era imposible,
gruñía buscando lo que según yo era el ángulo correcto para empujar y avanzar,
que no existía.
A día de hoy, ese tiempo lejano no me parece
demasiado distinto a un momento de demencia e ilusión, a través del cual
ninguna de las cosas era vista claramente, aunque, tal vez fue la última vez
que me sentí libre de las ataduras de mi propio criterio y las aprehensiones
que suelo tener para hacer cosas por y para mí mismo.
Ella siguió su camino, yo hice algo parecido,
digamos que empecé a buscar el mío, y a veces, muy a lo lejos, miro de reojo
por si vuelvo a verla, como si la buscara en rincones de la ciudad donde sería
absurdo encontrarla, y a la vez, ruego que esté donde esté se esté amando a
ella misma tanto o más de como yo lo hice, puesto que yo realmente deseé
protegerla, sin entender que no era mi deber sino el de ella, y que no habiendo
hecho nada respeto a mi propia protección, era obvio que me hubiese roto en el
camino.
No hay comentarios:
Publicar un comentario