En algún rincón del mundo, la noche sigue cayendo tal y como
la he amado y entendido por toda una vida, y en sus versiones de verano, sus
puntos más oscuros siguen bailando junto al centenar de luciérnagas que saludan
alegremente la llegada de la calidez, y la felicidad que nos traía a todos
desde su tranquilidad, allá el río, acá lo viejos manzanos, y bajo mis pies la
misma tierra que a cada uno le da su todo.
Mientras, en este rincón del mundo, las noches caen como por
la inercia de existir, incomprensible, indistinta de la fecha, se copa de luces
confusas que invaden la pureza de la oscuridad que llama a la luna, en un todo
inerte, no me queda más que cerrar los ojos esperanzado, suponiendo que mi
presente será un excepción de lo que mi pasado otorgará a mi futuro.
Como mi disposición natural fue tal, desde niño quise ser
feliz, luego me enraicé en rincones eternos mi propio ser, y la búsqueda de su
alimento fue tan exitosa que colmó de alegrías mi joven corazón, mas ahora, mis
raíces se rehúsan a entregarse en tierras extrañas, le parecen enemigas a su naturaleza (a toda
naturaleza), y a ratos pierdo las fuerzas como quien no se nutre.
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