viernes, 29 de abril de 2016

Collatio

En algún rincón del mundo, la noche sigue cayendo tal y como la he amado y entendido por toda una vida, y en sus versiones de verano, sus puntos más oscuros siguen bailando junto al centenar de luciérnagas que saludan alegremente la llegada de la calidez, y la felicidad que nos traía a todos desde su tranquilidad, allá el río, acá lo viejos manzanos, y bajo mis pies la misma tierra que a cada uno le da su todo.

Mientras, en este rincón del mundo, las noches caen como por la inercia de existir, incomprensible, indistinta de la fecha, se copa de luces confusas que invaden la pureza de la oscuridad que llama a la luna, en un todo inerte, no me queda más que cerrar los ojos esperanzado, suponiendo que mi presente será un excepción de lo que mi pasado otorgará a mi futuro.

Como mi disposición natural fue tal, desde niño quise ser feliz, luego me enraicé en rincones eternos mi propio ser, y la búsqueda de su alimento fue tan exitosa que colmó de alegrías mi joven corazón, mas ahora, mis raíces se rehúsan a entregarse en tierras extrañas, le  parecen enemigas a su naturaleza (a toda naturaleza), y a ratos pierdo las fuerzas como quien no se nutre.

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