Este era tu lugar, sus rincones y recovecos adoptaron tu nombre, tanto que perdí la cuenta de todas las veces que te vi sentada mirando al día levantarse por las mañanas, tanto que recuerdo cada vez que cerrabas la noche mirando desde ahí, este era tu lugar, y cuando lo veía encontraba paz.
Ahora, con el verano ad-portas,
si miro ahí me lleno de recuerdos que se me escapan, los encuentros fortuitos
que pasaron a los encuentros buscados y las veces que esperaba verte aparecer se me hacen lejanos como una vida ajena, e importantes como si perdiera la mía si llego a olvidarlos.
El olor del polvo de
esta ciudad, el viento tardío de primavera y verano, la sombra débil de algunos
árboles, que no nos llegaba, las conversaciones desde la ventana, el oír en mi
habitación el sonido de tu voz dando vueltas por ahí, el lugar desde donde todo
surgía, aun si llego a mirarlo, incluso si lo veo, siento que ya no existe.
Los momentos, el
concepto de quienes fuimos, y el amor que en lugar de morir se durmió en el
tiempo y los pasados a los que no se debe ni se puede volver, me recuerdan de
aquel que era tu lugar, y de cuando las calles se nos tornaban propias, de esas
caminatas pausadas y nosotros tirados en un parque.
Aquella habitación era
tu lugar, pero también lo fue esta ciudad. Y, sin embargo, tu no pertenecías aquí,
y aunque siempre lo supe, el día que ya no estuviste fue como si ya no existiera
nada de lo que conocimos juntos, la ciudad dejó de ser, y todo lo que aprendí
quedó obsoleto, incluyendo lo que sabía de mí.
Este era tu lugar, pero tú
no pertenecías aquí.
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