Siendo honesto, todavía tengo ese recuerdo de mi
último invierno normal, caminando solo por las noches de Santiago escuchando a
Jeff Buckley o Aimer, ignorando el frío o la hora, y el cómo llegué al verano
posterior entre noches cambiantes, escuchando Ocean Alley o Aqualina mientras
me tiraba en alguna plaza o parque, o caminando acompañado hasta que me
fallaran las piernas de tanto reírme.
Hace un año se cerró ese ciclo de tranquilidad y
bienestar, Marzo trajo consigo una noticia decepcionante tras otra, a veces
sentía que la vida me estaba cobrando los buenos momentos que el verano me
había dejado, al punto de perder las ganas de vivir o volver a intentar
hacerlo.
En la distancia de aquellos días puedo contemplar como
todo se fue alejando, a veces luego de venirse abajo, o simplemente arrastrado
por la corriente del tiempo y su indiferencia frente a los deseos de cada uno. Por los días en los que
gradualmente lo sentí, y el dolor inconmensurable que me trajo, a veces sigo
teniendo algo de ira contenida.
No deberíamos someternos completamente a nuestras
circunstancias, si nos limitamos a definirnos por ellas no habremos hecho nada
desde la plena voluntad, sin embargo, estamos tremendamente condicionados por
nuestra naturaleza. Cuando
algo excede nuestras capacidades no es extraño que comencemos a sufrir, pasa
cada vez que queremos hacer más de lo que podemos y no somos capaces de
aceptar aquello que no puede ser cambiado (la aceptación es un acto de
capacidades además de voluntades).
Probablemente uno de mis grandes defectos es la
facilidad con la que desprecio todo aquello que tiene un final indeseado, si
fuese capaz de solo decir “Adiós y gracias por lo aprendido”, en lugar de
enfocarme en concluir si algo valió la pena o no, mi vida sería mucho más
fácil, en especial porque al final del día la lista de cosas que no valen la
pena siempre es grande.
En estos tiempos, lejano de la ciudad en la que tomó
forma mi personalidad actual y limitado entre cuarentenas e incertidumbres
suelo tener el anhelo de aquellos días felices, suelo pensar en volver a esos
días hasta que recuerdo el camino que tomó cada uno de sus elementos, suelo
entender que con el conocimiento que tengo ahora hay muchas cosas de las que no
podría disfrutar.
Andrew Solomon dice que uno de los síntomas
comunes de la depresión es sentir que por fin estas viendo las cosas como
realmente son, que por fin estás viendo “la verdad”, pero que no tenemos que
olvidarnos de que “la verdad miente”. Por eso, el que este escenario mental se haya vuelto importante
para definir con quién permanecer, de quién alejarse o a quién reubicar, es algo
que me preocupa profundamente, aunque no intente impedirlo.
Desde el tiempo y la distancia el deseo de volver a
hacer cosas y tener ciertas vivencias está volviendo a mí muy de a poco,
recorrer las calles de una ciudad capital en tardes de sol agradable, volver
caminando a casa luego de una fiesta en plena noche, ir al gimnasio, jugar
fútbol, tomar el metro después de conocer un parque, tomar helado hasta
hartarme, tener alguien a quien abrazar, recuperar la capacidad de confiar y
compartir con naturalidad.
Cuando todo vuelva a ser normal, aunque sea una normalidad nueva, cuando yo también recupere esa normalidad, definitivamente quiero volver a vivir.
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