Cuando te conocí, admiraba tu soledad. Venías de un
lugar solitario y te habías movido a otro lugar incluso más solitario que
aquel, y para mí parecía que todo ello tenía un poco que ver con tu propia
elección, tanto que no podía entender el concepto de tu persona sin todo eso.
Siempre creí que hacías cosas como terminar las
conversaciones de forma rápida o guardar silencio en lugar de conversar, como
buscando tomar atención sobre todos y evitar la de todos sobre ti.
El principio, pensé que eso era genial, y te ponía
en una condición de vida muy sobre la del resto, un hombre fuerte que era capaz
de no verse afectado por las ausencias, no extrañar a nadie, no sentir la falta
de nadie, y a la vez, no faltarle a nadie si es que esto era necesario.
Entonces trabajé en hacer exactamente eso todo el tiempo,
en convertirme en lo que admiraba, si miro hacia el pasado, no tengo idea por
qué caló tan profundo en mi persona el concepto de la soledad como algo que me
permitiría resolver misterios para los cuales la presencia de la gente era un
distractor.
Verte una y otra vez comportarte igual reforzaba
esta idea… hasta que la madurez y un par de dolores me hicieron ampliar mi concepto
de las personas, de las relaciones humanas y de la necesidad de compartir, fue
en ese momento en que vi que lo único que habías conseguido desconectándose así
era sumirte en una tristeza profunda de la cual ya no sabías cómo salir.
Había considerado toda mi vida que necesitar a
otras personas y extrañarlas era un símbolo de debilidad, que llorar era un
símbolo de debilidad, que vivir pensando constantemente en la necesidad que el
otro tiene sobre uno, y la que uno tiene sobre el otro, era una forma
equivocada de existir, propia de gente con menos capacidades que yo… que yo podía
estar sobre eso, y lo intenté tantas veces que mi personalidad se llenó de
fracturas que hasta el día de hoy significan un dolor permanente en mi día a
día.
Sin embargo, me agoté, el día que te vi morir
entendí que no habías ganado nada con eso, salvo el dolor con el que cargabas y
la soledad que me habías heredado, quise arrojarla al vacío, y empecé a
trabajar con todas mis fuerzas en buscar caminos más allá de lo que había
llegado a ver a este entonces.
Habías sido una persona débil toda tu vida, forzándose
a ser fuerte habías perdido la capacidad de arriesgar, de perder, de querer a
pesar del miedo a ser rechazado, de sufrir cuando alguien ya no estaba, o
cuando la distancia se interpusiera entre tu y esas personas, y nunca, nunca
supe nada de eso, nunca me enseñaste nada al respecto, y cada vez que me ha
pasado, he tenido que aprender todo desde menos que cero, porque no solo son
cosas nuevas para mí, sino que además pensé durante mucho tiempo que eran cosas
que no valían la pena, que podía olvidarme de ellas y quitarlas de mi vida, y no
es así.
Ahora he aprendido a llegar a la gente, pero
todavía no sé cómo hacer que la gente llegue a mí, la soledad es un pasillo
estrecho en el que pareciera que por más que abras las puertas nadie puede entrar,
y supongo que lo lógico sería buscar la salida de ahí… pero me
pregunto si aún existe, o si no es demasiado tarde para encontrarla.
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