sábado, 22 de abril de 2017

Ecos Lejanos


Me dejaba siempre sumido en una profunda melancolía, sin poder entenderlo, el que cada vez que ella se encontrase conmigo se mostrase tan llena de vida, con una sonrisa permanente, con esbozos de alegría a través de todo su rostro, en lo inmediato de su mirada, como una chispa que no solía descansar, bajo la cual se escondían misterios que sentía inalcanzables.

Siendo imposible saber exactamente lo que había acontecido en su vida apenas cinco minutos antes de verla, no podía dejar de suponer que la alegría con la que le encontraba venía de verme, pues yo, a pesar de la apatía de aquel entonces, me reía largamente de conversar con ella, y de correr a refugiarnos en algún punto mientras llegásemos a alguna de nuestras casas, si acaso nuestros encuentros se daban cerca de alguna de ellas, o en alguna tienda cercana en la cual pudiésemos beber un poco de chocolate caliente, luego de chapotear de un punto a otro.

Diría, sin espacio a dudas, que en los días lluvia sobrecogedora, ella se veía mejor que nadie, justo ahí donde todos mostraban hastío e incluso desazón, ella chispeaba tanta vida como para saltar a la par mía, ella era lo que yo llamaba compañía, y se fue convirtiendo en lo que habría llamado compañera.

A veces, cuando se me perdía entre el ajetreo de la universidad y sus cambios, recordaba el frío que sentía cada vez que me hablaba de sus sueños, y que los nombraba como no importándole dónde le dirigiese o de quién le alejase,  el tiempo transcurría lento y distante entre nuestros momentos de encuentro, que pasaron de los días a las semanas, los meses,  los semestres y finalmente los años, que fueron, en sus primeros pasos, como suspiros eternos donde el tiempo se detenía hasta volver a verla, donde nada pasaba realmente mientras no la abrazaba.

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