Concibiendo el
nacimiento como la formación complementaria de cada elemento, puedo decir que
mi espíritu nació bajo las copas de mil árboles, corriendo entre tablas y
pastizales como bestia libre, arropado al calor de un hogar donde, sentado
junto a mi familia y los libros, surgía cantidad de preguntas cuya respuesta
era felicidad.
Absorto en la
bondad de la naturaleza, el aroma del aire se me hacía descriptible, la voz del
árbol despidiendo sus hojas de otoño se contraponía con el gesto amable de sus
ramas, agachadas para ofrecerme el fruto que felizmente les pesaba, sin perjuicio de
la sombra frente al cálido verano, rara vez sofocante, virtud de los mil cerros
y cauces de agua que por la noche amenizaban mi pensar con el canto de la vida
en ellos presente, como un himno al equilibrio que posibilita la gran unicidad.
La calidez del
fogón de la cocina, el vapor de la cebada de la cena, el sabor de la sopa de mi
segunda once, siempre tan esperada como la llegada de mi padre para compartirla
con él, la abnegación de mi mamá por cada detalle que significase mi comodidad
y tranquilidad, mi infancia y el dulce dormir de aquel que no sufre
cavilaciones.
Ciertamente las
soñé, en el preciso momento que me fui alejando de ella, llevado a vivir donde
muchas más criaturas de mi especie se amontonaban en una selva de cemento en
búsqueda de un mejor pasar, muchas veces anhelando un amazonas, uno inclusive
más alejado de los árboles.
“Aquella certeza de que este lugar no es el preciso al momento, recae cíclicamente, un coro silvestre se eleva demasiado distante a mis oídos, un riachuelo se pierde más difuso que entre mis manos. El deseo de dormir bajo una constelación hermanada a un único par de ojos se convierte en certeza, luego, el viaje de las ausencias comienza preguntando por mi padre, justo entonces comienzo a entender que faltan respuestas sin sobrar pregunta alguna. "He perdido algo", me susurro justo antes de dormir”.
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