Quiero beber de
ahí otra vez, de aquel viejo manantial donde las sombras yacen al llorar, quiero
impregnarme en el olor de lo que está justo a mi espalda, en el camino que tracé, aquello
que no ceso de anhelar, como aquel que ama el mar sin ser más que un gránulo
rocoso descendiendo hasta el final, quiero abrazar y despedir esa infancia que
perdí, jugueteando a mi costado, la que un día tropezó en una de las furtivas
carreras, y en la cual, cuando pretendí voltear mi vista, no encontré más que
noticias de un viaje eterno.
“…por vez última,
no le preguntes dónde están sus ojos, no consultes por qué el tamaño de sus
pupilas, gigantes a plena luz y mediodía, él nunca te dirá nada, ya que si
queda algo de infancia en tu corazón, él la está protegiendo, y será capaz de
llorar una y mil veces por ello, no preguntes dónde han ido sus lágrimas, si no
eres capaz de distinguirlas entre su sangre, ni por qué esta nace tan fría, si
no entiendes la ventisca que le rodea justo ahora, si buscas las respuestas de
algo que no sabes preguntar, si encuentras las palabras que apenas puedes descifrar,
tu felicidad se esfumará dramáticamente, así que, si tienes un pilar a tu
costado, incansablemente, y apenas le comprendes, agradece el regalo de un descanso sin sueños…”
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